“Iba a ciudades tan sólo por la sonoridad de sus nombres: Apeldoorn y Amersfoort, Breda, Tilburgo y Hoorn, Hengelo y Almelo, al cercano Lelystad, cuyo nombre me sonaba como una nana infantil. Los Países Bajos eran commovedoramente pequeños. A menudo descendía en una estación local, daba una vuelta por el andén y volvía con el primer tren a Amsterdam. El viaje en tren me tranquilizaba. Me quedaba con la vista clavada en la ventana y no pensaba en nada. La llanura holandesa aplacaba mi angustia. Me agradaba esa constante que nada alteraba, esa horizontal en movimiento. Con el tiempo empecé a amar las inscripciones, las palabras que volaban junto a mí y que leía al pasar como una retahíla infantil: Sony, Praxis, Vodafone, Nikon, Enco, JVC, Randstad, Shell, Philips, Dobbe, Ninders, Ben… Y como a las personas, según parece, las queremos más por sus debilidades que por sus virtudes, así, con el tiempo, di rienda suelta a la compasión hacia ese paisaje de ausencia, hacia la línea verde claro del horizonte, hacia los fríos panoramas nocturnos con la luna llena y el rebaño de blancas y gordas ocas que se asomaban en la oscuridad, o hacia las sombras congeladas de las vacas apostadas a la orilla del camino como espectros bondadosos.”
Fragment de El Ministerio del Dolor, de Dubravka Ugrešić.
Etiquetes: absència, Dubravka Ugrešić, Holanda, paisatge, tren
Setembre 14, 2008 a les 7:30 pm |
Un escrit molt bonic, tot i la tristesa. Dóna ganes d’anar en aquest tren.
PS: vostè ha estat de vacances a Holanda i no ens ha explicat res. Pàjaru.
Setembre 25, 2008 a les 9:02 pm |
Holanda? Sí, ara ho entenc. Cada dia vèia el mateix paisatge.